Hoy tuve un día muy duro en el trabajo. Al llegar a casa grité a mis hijos para que corrieran como yo lo hago, sin llegar a entender la hermosura de su paso lento.
Sentí entonces la ira auténtica. Proyectada hacia ellos y hacia mí misma a la vez por el remordimiento de haberles gritado.
¿Cuántas veces se reproducen estas emociones en nuestras vidas?. Y pensamos entonces que nada bueno puede salir de ellas. Pero nos equivocamos:
Podemos transformar esas emociones en un cuento.
Con «Mamá, vuela conmigo», me atreví a narrar mi ira para mi hijo y al hacerlo lloré derrotada por haberla expulsado y convertido en algo hermoso que compartí con él… Y cuánto lo disfrutó. Se convirtió en uno de sus cuentos favoritos… Será porque me dejé el corazón en él..
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Mamá, ayer soñé que volaba.
-¿Otra vez hijo mío?.
-Sí. Pero esta vez lo hacía de un modo distinto. Nadaba en el aire, avanzaba hacia adelante como si estuviera en el mar nadando contra corriente, pero al mirar abajo veía el vacío.
Sueño lo mismo cada día. Y cuando me despierto siento que aún puedo hacerlo.
-No es más que un sueño hijo mío.
-Juega conmigo hoy mamá.
-Mañana, cariño, hoy tengo mucho trabajo.
Cada día hablaban madre e hijo de lo mismo.
Y cada día se terminaba sin jugar. Y cada noche volvía el niño a soñar igual.
-¿Y cómo puedes recordar con tanto detalle lo que sueñas?
-¿Tú no puedes mamá?
-No- contestó la mamá riendo-
-Pues yo recuerdo cada detalle. Volar es la forma que tengo de desplazarme en los sueños. Sería tan bonito que tú pudieras experimentarlo también, mamá.
Pero la mamá no podía. Hacía ya mucho que no recordaba sus sueños.
Al ver su mirada perdida, triste, el niño le hizo una promesa:
-Mamá, te prometo, que esta noche vendrás conmigo. Volaremos juntos, solo tienes que elegir la forma de volar.
La mamá rió.
-Buenas noches, mi amor.
El niño se durmió enseguida, apretando su deseo con fuerza en su pecho, forzando a la noche a traerle el sueño perfecto donde pudiera entrar con su mamá y ambos pudieran reirse, y volar juntos.
La mamá, sin embargo, tardó algo más en irse a dormir.
Su noche era más corta y su día más largo. Aún tuvo que hacer algunas llamadas, trabajar un ratito en los informes a presentar en la oficina, limpiar, recoger la ropa, preparar la cena, regar las plantas, alimentar al gato, limpiar los zapatos del niño y planchar su uniforme del cole.
Ya tarde y cansada como cualquier otro día, se fue a la cama, aunque no se durmió enseguida: aún siguió preparando informes en su mente , repasando la despensa mentalmente y, cómo no, una última pensada antes de quedarse dormida, por si había olvidado algo importante.

Cuando llegó el momento de entrar en el sueño, aún llevaba la plancha en la mano, la regadera en la otra, el móvil en la oreja con la cabeza torcida y la cara de velocidad todavía puesta… De pronto, algo acarició su cabello. Creía que era el viento, un soplo fresco, que venía de arriba. Levantó la cabeza y encontró a su hijo extendiéndole la mano:
-Ven mamá. Vuela conmigo. ¿De qué forma quieres volar?
-No lo sé. Nunca lo he hecho.
-Mira mamá. Yo te enseñaré todas las que conozco.
Y corrió sobre la nada primero, nadó contra la corriente aérea después, remó con sus brazos entre las nubes, se elevó dando aleteos de mariposa hacia arriba y terminó por dar algunas vueltas de campana sobre el infinito.
Mamá vació sus manos, dejando caer el peso que llevaba y tomó la de su hijo.
Y volaron juntos. Toda la noche. Probaron todos los estilos de vuelo. Charlaron mientras se retiraban los restos de nubes de los ojos y rieron mientras lo hacían. Y entonces la mamá creyó recordar que aquello ya lo había experimentado antes, ya hacía mucho, cuando aún era una niña, muchas veces. Y sintió la sensación de alegría que una vez perdió de su recuerdo, al hacerse mayor…
Al despertar, la mamá se había dejado la sonrisa puesta. “Pongámonos en marcha” pensó. “Mucho que hacer hoy, todo fue un bonito sueño”, pero giró la cabeza y encontró algo entre las sábanas. Restos de una nube había quedado enredada entre sus dedos.
Rápida se dirigió a la cama de su hijo. Allá, dormido y también con la sonrisa puesta, el niño aún soñaba.
No le despertó. Le dejó dormir todavía un rato más. Debía guardar fuerzas para jugar con ella esa misma tarde, el día entero.
