El guisante que quiso ser gigante

Me preguntaba mi hijo de dónde salen los guisantes.

Como buena urbanita no me reí, me limité a comprenderle. Siempre los veía en la sartén, o en la lata, en el plato, con tomate o ajo, con cebolla o aceite sin más, acompañando al filete otras veces al pescado.

 Pobre hijo mío, qué poco salíamos a explorar el campo… tanto jardín con césped, piscina y flores y ni rastro de huertos, árboles frutales u hortalizas.

Harta de oir los mismos comentarios de todos los mayores que nos visitan:

– “Bonito, pero no produce.” …

«Aquí ponía yo un huertecito»   ….

…¡ Ese huerto que nunca tendré! porque es que… sabe Vd…

… ¡ NO ME GUSTAN LOS HUERTOS !

El Guisante que quiso ser Gigante

El pequeño guisante verde nació en una sartén, y por haber nacido allí nunca había visto nada, ni tocado nada, ni olido nada, ni oído nada más que guisantes a su alrededor.

Solo a veces recibía la visita del aceite, q pronto desaparecía y para entonces se notaba algo pegajoso en la sartén.

Otras veces algo de sal les llovía por encima, fugazmente, y pronto desaparecía también, pero con su visita les ponía a él y a su familia a bailar.

Y como mucho conocía a la cebolla, que normalmente tardaba un poco más en quedarse aunque su color y aspecto cambiaba después de un rato y ya no resultaba tan agradable charlar con ella pues su humor cambiaba.

Un día, cansado de estar allí, preguntó a sus padres qué podía hacer para convertirse en un gigante, y sus padres sorprendidos le mandaron a callar.

Así pasó un rato, y de nuevo sus preguntas impacientes.

Pero qué clase de gigante quieres ser? Acaso un haba? Una patata tal vez?

-No- respondió el guisante-, yo quiero ser un gigante tan grande como ese- aclaró señalando como pudo al hombre que les removía con la espumadera en la sartén.

Y Todos sus familiares lo gritaron a la vez:

-Looooocoooo!!! uno nace guisante y muere guisante!

¡No!. Yo quiero morir gigante.

Algunas pizcas de sal y aceite más tarde, el guisante insistió y las palabras de su familia volvieron a ser las mismas:

Looooocoooo!!! uno nace guisante y muere guisante!

Y así una y otra vez hasta que el guisante enfurecido pero tenaz como no podía ser de otro modo, decidió salir de la sartén para explorar el otro mundo. Dio un salto mortal pero lo único que consiguió fue saltar al otro lado de la sartén, con sus tíos del norte, y allí quedó triste y cabizbajo durante un rato mientras soportaba las palabras de burla y la insistente frase:

Looooocoooo!!! uno nace guisante y muere guisante!

Poco después lo volvió a intentar, y para su asombro saltó un poco más lejos, quedó en el borde mismo de la sartén, allí en las tierras de ninguna parte, donde nadie te espera y donde nadie te quiere. ¡Qué solo estaba aquello!, apenas quedaba aceite y se empezaba a pegar, ¿moriría allí irremediablemente?? ¡No!, ¡Ni hablar!. Ese no iba a ser su destino.

El guisante, lo volvió a intentar y esta vez con tanta fuerza que cayó al mismo punto del que había salido, con sus padres y hermanos que, sorprendidos ante tanta tenacidad, decidieron q quizás el pequeño guisante verde podía estar hablando en serio y ¿quién sino ellos para ayudarle a conseguirlo?

Todos a una se involucraron tanto tanto, que con la fuerza del movimiento en la sartén, los apretujones, la carrerilla y el compás de grupo, lograron hacer saltar por los aires al resbaladizo guisante que cayó en el lado mismo de la sartén, allí en la vitrocerámica donde todo era oscuro y por suerte, fuera del peligro del círculo rojo que ardía, allí donde otros habían muerto en el intento de escapar a los horrores de las mordeduras.

Él estaba a salvo, estaba fuera, seguía vivo y además, lo mejor de todo, es que no podía ser visto por el camuflaje perfecto con la oscura placa de cocción.

Entonces el gigante apagó el fuego y se retiró de la cocina. Era la oportunidad perfecta para el guisante, que quiso salir y perseguir al gigante. ¿Dónde se dirigiría?.

¡Eh! , ¡eh!, oiga, oiga, no se vaya, no se marche.- Pero su voz no podía ser oída-.  

Holaaaaa, holaaaa- Pero nada.

Y al final, el gigante volvió a entrar. Entonces lo vio. O al menos eso creyó. El gigante se quedó mirándolo fijamente, concienzudamente, silenciosamente… El guisante, empezó a sentir frío, empezó a sentirse cobarde y arrepentido, quién era él sino una simple bolita, ¿cómo iba a convertirse él en gigante?. El gran ser que le observaba entonces cambió su gesto de sorpresa, por el de curiosidad.

En realidad, nunca antes había visto una cosa igual, así que se acercó a él …

… / …

-¡AHORA PONLE TÚ EL FINAL A LA HISTORIA!